Dominguerismos

Hace décadas, casi todas las familias, en especial las humildes, practicábamos el “dominguerismo”. Esa imagen de las mesitas plegables, las tortillas de patatas, el tomatito aliñado, las cervecitas frías, la sandía gigante, y la musiquita que no falte, son parte de nuestra historia reciente, y por mucha aversión que provoque esta práctica hoy en día, en los 60-70 era casi la única opción de ocio que teníamos la mayoría.

En mi casa, a lo largo de los años, he escuchado cientos de anécdotas de esos días compartidos con familia y amigos, claro está, de los años previos a la fase “terrenito en la montaña”, pues a partir de entonces, ya no se descansaba ni el domingo…

Cuando mis padres llegaron a Barcelona, aun no llegaban a la categoría de domingueros, porque disfrutar de jornadas compartidas al aire libre, implicaba al menos tener vehículo, y claro, ese lujo tardó en llegar.

Uno de los recuerdos familiares más relatados, que todavía hace reír a mi madre y a mi tía (aunque normalmente, poco les hace falta para hartarse de reír las dos, la verdad), transcurrió en el año 66, antes de que yo naciera. De hecho, ya estaba en proceso en la tripa de mi madre, que tenía 19 años. Sí, mi madre estaba embarazada, pero mucho, porque era el mes de junio y me faltaban semanas para nacer.

Parece ser que un día, unos amigos de Sant Boi les invitaron a comer a su casa. Ellos llevaban un pollo al ajillo y unas bebidas frías, y como entonces no había nevera eléctrica, buscaban una bodega para comprar una barra de hielo y poderlas enfriar. Nunca entendí cómo podían ir en tren con tanto trasto, pero en fin…

El caso es que por más vueltas que dieron por el barrio, no encontraban ningún sitio donde comprarlas, y a punto de desistir en el intento, de repente, en la calle Miquel Romeu de Hospitalet, vieron una lustrosa barra de hielo en la puerta de un bar, que estaba cerrado. Unas miradas cruzadas bastaron para apoderarse del hielo y arrancar a correr. Pero en eso, aparece una vecina, los caza in fraganti, y sale corriendo detrás de ellos. A medio camino, se cruza con mi madre, que por razones obvias no podía seguirlos, y le pide explicaciones, a lo que ella responde que no les conoce de nada, y ante su insistencia, repite que no tiene nada que ver con su dichoso hielo y que la deje tranquila. Mi padre ve que la pobre mujer está con mi madre, así que deciden abortar operación, lanzan el hielo en una esquina y se esconden tras un montón de tierra de un solar que estaba en obras. La señora llega, mira si ve a los ladrones, agarra el hielo, y vuelve sobre sus pasos mientras iba quemándose las manos, y claro, escupiendo sapos y culebras por la boca, hasta que desapareció al final de la calle.

El resultado fue que, con todo el tinglado, perdieron “el carrilet” y no llegaron a la comida, pero decidieron tomar el siguiente, para pasar la tarde en la Colonia Güell tomando el sol. Como el plan inicial no era ir a la playa, y no tenían bronceador, mi madre y mi tía deciden untarse del rico aceite del pollo al ajillo (qué cabeza, por dios). No hace falta decir las miradas que soportaron en el tren de vuelta, con la peste a ajo que hacían las dos.

Próximamente, más batallitas…

¡Ah! ¡Y feliz 2022 a todxs!

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