Records molinencs (parte 2)

No dejan de llegar escenas a mi memoria de los doce años que pasamos en Molins. Creo que esa etapa, que coincidió con la infancia de G, merece al menos otra entrada. Poca vida recuerdo como persona individual, la verdad, pues la dedicación y la vida familiar giraba en gran parte entorno a él.

La parte 1 está en este enlace: https://anitamandarina.com/es_es/2021/12/records-molinencs-parte1/

Otras vivencias dignas de recordar de aquellos años…

Aiguafort es una asociación de Arte y Reciclaje que lleva, o llevaba, el amable y generoso Ricard, un artista de Molins de Rei, que tenía el estudio al lado de casa. G fue varios veranos a sus clases de grupos infantiles. Todavía guarda algunos de los dibujos que hizo, como una pila de libros y un bonito jarrón, a los que también le fabricaba los marcos. Algunos los puso a la venta y cómo no, los acabó adquiriendo la familia. Recuerdo lo contento que iba, y cuánto le sorprendía que Ricard los sacara a media mañana a jugar al parque de enfrente, y les invitara a tomar un cacaolat. Dibujar y pintar siempre ha sido una actividad constante que cada año nos pedía. Guardo muchas de sus obras.

El mercado de Molins, cuando llegamos al pueblo en el 2002, era una instalación provisional ubicada en una carpa. Estaban restaurando el mercado municipal, que databa de principios del XIX, con ayuda de una inversión europea. Mereció la pena la espera. A veces pienso que debería ilustrar estos relatos con algunas fotografías. Molins es una vila de comercio des del siglo XII, cuando Alfons II de Aragón y Conde de Barcelona confió la construcción de unos molinos a alguien conocido como Joan de los Molinos. De ese hecho deriva su nombre. Parece que era ayer cuando bajábamos paseando a comprar, durante mi baja maternal. Cuando G dejó atrás la etapa de lactante, Amparo me preparaba con máximo cariño un pollo de corral en porciones para congelar, e Isabel me preparaba su rape. Recuerdo a menudo a los tenderos que lo vieron crecer durante esos doce años. El peque era muy sociable, hablaba con todos, les enseñaba sus juguetes y les contaba sus cosas…

El huerto. Sí, a C le hacía ilusión tener un huerto. Y como teníamos un pequeño jardín, un día llegamos al vivero de Papiol a comprar plantel. Todo nos parecía barato, acostumbrados a los gardens y otros establecimientos más elevados. Plantamos tomates, pimientos, zanahorias, judías, habas, y hasta calçots. Por las tardes regábamos con el peque. Le gustaba mucho ir fila por fila para aprender qué planta era, qué verdura daba y qué comida íbamos a preparar con ella.

Las comidas en el jardín fueron una constante durante toda nuestra estancia. Cualquier excusa era buena para liarla. De día o de noche. Recibíamos a la familia, a los amigos, que venían con toalla y bañador en mano. Para las familias con niños pequeños, esos encuentros eran muy especiales. De peques, jugando en el jardín, de grandes, se iban a la piscina y no les veíamos el pelo. Las excursiones por la montaña, las barbacoas… No se me ocurre mejor lugar en el que haber vivido durante esos años. En realidad, los adultos también lo pasábamos en grande. Recuerdo tantas cenas con amigos, tantas celebraciones, los baños nocturnos a escondidas, y cómo descubrimos que ¡El gintònic flotaba!

Los muñequitos de superhéroes. Creo que ya he mencionado la etapa de superhéroes. G y yo bajábamos cada mañana a Barcelona, con la mochila, su libreta de pintar, y alguna de sus figuras. Spiderman nunca se ahorraba el viaje. Le encantaba coleccionar figuras de personajes de los dibujos animados que más le gustaban, y claro, de sus “superhégües”. En el estanco de la plaza de la Creu tenían cientos de ellas, expuestas en varias vitrinas bajas, y cada tarde se pasaba una hora mirando una por una, y decidiendo cuál sería la próxima.

Las quedadas de primos. Mi sobrino H se quedaba algunos días con nosotros, pues mi hermano D también vivía en Molins. Un peque listo como el hambre, gracioso, con genio e ingenioso, improvisador de rap… De todo sabe, a todo atiende, de todo opina. Ahora también está adolescente, y claro, como G, ha cambiado la forma de relacionarse con nosotros. Le recuerdo disfrazado de spiderman en carnaval, todavía me río cuando me clavaba su mirada diciendo “tita, ya vale de fotos, ¿no?” Echo de menos las salidas de puente que hacíamos juntos, paseando por el centro, comiendo por ahí, jugando en todos los parques que cruzábamos… No se ven mucho porque estamos lejos, pero las ocasiones de cine, de parque, de piscina, de juegos por ordenador (“tita”, G no me deja jugar…”), de música y rapeo, de paseos en barco en el port vell… no les han faltado ni les faltarán. Cuando mi sobrina L viene en verano, los tres hacen convivencia intensiva en casa de la yaya, e intentamos organizar experiencias divertidas que puedan disfrutar juntos. Así, cuando sean adultos y les visite la nostalgia, como a mí, podrán recordarlas.

El Camell es la bestia de fuego de Molins de Rei por excelencia. Los peques saben quién es desde que son bebés, le visitan cuando está dormido, le entregan su chupete cuando deciden dejarlo atrás, dibujan y esculpen imágenes del Camell, y claro, van a les “matines” del Camell, con los correspondientes madrugones que se sobrellevan con un buen chocolate calentito. Cuando la bestia escupe su fuego, grandes y pequeños nos volvíamos locos de alegría y cantábamos juntos (fotografía de cabecera).

Fue una etapa maravillosa. Pero con el tiempo, las necesidades cambian y hay que adaptarse. Lo que sí echo de menos cada día es el olor de la montaña. A medida que escribo, van brotando nuevos recuerdos de esos años de Molins. Puede que den para una parte 3. Ya veremos. Tal vez más adelante…

Autora: annacarrera.com

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