Records molinencs (parte 1)

G nació en Barcelona, pero lo registramos en Molins de Rei, donde vivimos des del año 2002 al 2014. Aquella casa nos hizo muy felices. ¿Y si hago una lista de las vivencias más especiales que recuerdo? Aunque a veces pienso, esto de compartir recuerdos… ¿Es bueno o es malo? Contar cosas de mí, de nosotros, me pregunto si interesa a alguien, si estará bien visto, o resulta un poco narcisista. No sé, y a mi edad poco me importa, la verdad.

Me gustaría que los buenos momentos permanecieran, no sólo en vídeo, o en fotografías, sino en palabras, donde se puede expresar lo que se siente, lo que se ha sentido, y dejarlo bien guardado, para que no se olvide, para que los que lleguen después sepan quién era su familia, qué vivieron cuándo eran niños, cuánto importaron a alguien, y cuánto fueron queridos. Es el único patrimonio que podemos transmitir los que no somos ricos, y es el que yo he recibido, los valores, los recuerdos, las experiencias, la pertenencia, el apoyo, el aprendizaje, el cariño. Y claro, no todo fue bueno, no siempre fuimos felices, por supuesto, tuvimos conflictos, sufrimos crisis, pero a pesar de las malas rachas, que las hay y las habrá, como en todas las familias, salimos adelante, aprendimos cada día, y de eso va la vida, ¿No? También perdimos seres queridos antes de tiempo, que fue lo más difícil, pero mientras los sigamos recordando, vuelven a estar con nosotros, y eso siempre merece la pena.

Esta colección de recuerdos va por G, mi hijo, que se encuentra en plena adolescencia. En esta etapa no siempre es fácil la comunicación, no siempre tienen tiempo para ti, así que en la soledad de la noche me decido a escribir unas entradas de la memoria de su infancia, como pequeño regalo de Navidad.

El camión de la basura. Es increíble el entusiasmo que llegan a tener los niños y niñas cuando son pequeños con los camiones de la basura. Creo que es bastante común. Mi hijo se volvía loco cuando escuchaba llegar al camión. Teníamos que subirlo a hombros para que pudiese verlo por encima de la valla. Saludaba a los trabajadores, que le correspondían amablemente, miraba hacia arriba, y veía al resto de niños del edificio con el mismo entusiasmo. G quería pedir a los Reyes un camión de la basura, decía querer ser basurero de mayor, y una de las mayores alegrías era encontrarse el camión de la basura delante de nuestro coche cuando volvíamos a casa.

Los Reyes Magos preparaban cada año sus carrozas en la puerta de nuestra casa. Qué privilegio dar la carta en persona a tu Rey favorito, montar en su carroza, hablar con él… Una vez salían, acompañábamos a la cabalgata por todo el pueblo, con mi sobrino y mi hijo, bailando, recogiendo caramelos… Qué maravilloso era vivir en un pueblo, donde las tradiciones se viven y se aprenden de una forma tan natural.

Los paseos por la montaña nos daban la vida. Vivíamos a pie de Collserola, y los domingos salíamos los cuatro (la cuarta era Dido, nuestra perrita) para pasar dos o tres horas caminando por la montaña. El camino por el que entrábamos estaba rodeado de antiguos huertos, e íbamos llenando la bolsa de avellanas, bellotas, higos, manzanitas, espárragos, setas, caquis… El paseo finalizaba en el salt d’aigua, paraje de la fotografía, y regresábamos a casa. La primera que llegaba era Dido, que nos esperaba despanzurrada en la puerta, con su botella de plástico en la boca.

Nuestra vecinita J. Aunque G iba al cole en Barcelona, junto a mi trabajo, los días de fiesta los pasaba enteros con J, la vecinita del piso de arriba. La bici, la piscina, los experimentos… Eran como hermanos. También jugaban a veces con otros niños, pero ellos dos no se separaron, hasta que llegó la adolescencia. J ya es una mujer, le siguen gustando los animales, es una gran patinadora y estudia psicología. El único vínculo que tiene actualmente con G es seguirse mútuamente en Instagram, pero ahí está, y ahí estuvo, y lo pasaron en grande durante muchos años. Me gusta recordar que G pasó una infancia con amigos, en un entorno natural, jugando, aprendiendo a nadar, a montar en bici, a hacer cabañas, a experimentar…

La escopetilla era una acrobacia que hacía G, con ayuda de su padre, en la piscina. Cada tarde lo esperaba, ataviado con bañador, toalla, churro, gafas y manguitos, hasta que aparecía por la puerta y se volvía loco de alegría. La escopetilla consistía en coger a Guille bajo los brazos y lanzarlo al agua, hasta que a su padre le temblaban los suyos de tanto repetirlo.

El Coco es un mono de peluche que su padre le compró a G cuando le hospitalizaron para hacerle una pequeña intervención en la válvula del riñón. Esta consistió, como le explicamos, en ponerle “un pegamento”, para que el pipí siguiera el camino correcto. Desde que vio al Coco, se abrazó a él, y aferrado a su chupete, pasó el trago lo mejor que pudo. Todo salió bien. El Coco sigue con nosotros. Ha pasado por diferentes fases estéticas, pues a menudo G diseñaba un atuendo, y su yaya, que es modista, se lo confeccionaba tal cual él lo había imaginado.

El cine ha sido siempre uno de los pasatiempos familiares. Desde que era bebé, G ya era capaz de concentrarse durante dos horas para ver, comprender y disfrutar de una película. Pasamos la época Disney, la de los Cars, pero nada comparable con la época de los superhéroes, que fue la más duradera e intensa. Aunque luego, las propuestas de su padre, con el cine de animación japonés (el castillo ambulante, Totoro), el cine africano (Kaiú), también lo transportaban a un mundo mágico y enriquecedor en todos los sentidos.

El teatro nos brindaba unas experiencias inolvidables. La función mensual del Teatre Borràs era una cita muy esperada. Y eso de poder saludar a los propios personajes a la salida, superaba todas las expectativas. Cuánto le han gustado siempre a G las historias.

Los cuentos, como a todos los niños, le encantaban. Cada noche había que negociar el número de cuentos que le íbamos a leer, porque no quería acabar la lectura. Recuerdo cómo le gustaba la historia de “Carlitos, el fideíto”, que le contamos una vez porque no era, ni es, muy buen comedor. Desde entonces nos la pedía casi cada día como último cuento.

Continuará…

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