Capítulo 1. Fabio

2003

Firenze, cuna del arte y del verdadero florecimiento, tal y como vaticinaron los romanos. Uno se estremece con sólo pisar su suelo, e intuye que nunca concluye, que siempre ofrece más y más esplendor. Tan esplendorosa como calurosa, y aún más, en el bus del aeropuerto. Estos diez quilómetros se han hecho sudorosamente interminables.

¡Qué ganas de llegar! ¿Cómo encontraré a Judit? Hace tanto que no nos vemos… Recuerdo su nariz de chincheta, sus ojos pequeñitos, achinados, luminosos, y su enorme y contagiosa sonrisa.

Hace años que Judit dejó el pueblo. Con lo que ella amaba su casa, su mar, su tierra… Me parece que fue ayer cuando jugábamos junto al río. Allí nos juramos que seríamos los mejores amigos para siempre.

El bus se detiene. Porta Rossa, junto a la Piazza della Signoria. Cómo no, en pleno corazón de la ciudad, repleta de visitantes. Aun así, tan irresistible. Saludo para mis adentros al majestuoso Neptuno y al altivo David. Qué curioso ciclo alegórico… la pata de león, la Giuditta, y ese Perseo de los Medici con la cabeza de Medusa. Cuántas maravillas viene atesorando la humanidad en este magnífico rincón: la hoguera de las vanidades, y esa lápida que prohíbe ensuciar la fuente de Neptuno, bajo pena de suplicio tratti di fune…

Vuelvo sobre mis pasos y entro a su portal. ¡Qué nervios!. Sé que le va a encantar el chocolate belga que le traigo.

_¡Fabio! ¡Tesoro! ¡Qué alegría verte! Qué delgado te veo…

_Hola Jud… tú estás preciosa.

Judit me colmaba de besos siempre que nos veíamos. Tras conocer toda la verdad, se marchó para escribir su propia historia. Siempre amó el arte, la música, la literatura… Siempre encontró en las artes las alegrías que no halló en la vida real. Cuando acabamos la carrera, se despidió de repente, y nos dejó para iniciar una nueva aventura.

_¿Qué tal? ¡Cuéntame! Quiero saber cómo estás… ¿Y Daniel?

_No Jud, ya no estamos juntos. Dolió, pero ya pasó. Bueno… Y tú… ¿Qué haces ahora? Dime qué es eso que quieres contarme. ¡Me tienes en ascuas!

_No es nada extraordinario, tonto. Luego te cuento, con un cafetito.

_Vaya… Tú y tus misterios…

Le acaricio los brazos y me devuelve un pellizquito en la mejilla.

_Ahora vuelvo, estoy lista en un momento.

Desaparece por el pasillo. Me encanta su casa. El reflejo de una luz de tarde, de sosiego, avanzaba por el ventanal…

_¡Vamos Fabio! Te llevaré a una cafetería encantadora. Hacen la mejor pastiera del mundo.

Salimos a la calle. Ya noto ese calor seco de Florencia, que si te descuidas, te deja la piel de serpiente. Buscamos la sombra y nos dirigimos al río. Atravesamos el Ponte Vecchio y llegamos a una bonita casa, al final de una calle sin salida. La abraza un porche cubierto por una verde parra y una acogedora terraza rodeada de grandes tiestos con flores. En la entrada, una vieja tabla donde se lee “Pasticceria Gloria”.

Autora: annacarrera.com

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