Jugar

Hoy leía que jugar es una necesidad y un derecho de las personas, a partir del cual experimentamos, descubrimos, expresamos y aprendemos. El juego es la mejor herramienta de aprendizaje interactivo, tanto con el entorno natural, como con las otras personas.

A partir de estas afirmaciones, he recordado cómo jugaba G cuando era niño. Las actividades que más le gustaban, las que le han divertido durante su infancia y su adolescencia, han sido siempre elegidas, nunca dirigidas. Hemos podido proponer, ofrecer, pero siempre ha sido él quien ha decidido en qué emplear su interés, su ilusión y su tiempo libre, pues sólo hubiera faltado, ¿no?

Tal vez se podría intuir que recuperando estos recuerdos aprovecho para justificar qué buena educación le hemos dado. Nada más lejos de mi intención. La verdad es que la nostalgia me transporta a aquellos años de experiencias tan preciosas, tan reconfortantes, tan felices e inolvidables, tanto para él como para nosotros. Y precísamente para eso, para que sean inolvidables, hoy me apetece dedicarle a esos días unas pocas letras.

De bebé, recuerdo que le encantaban los cuentos y los juguetes interactivos, en especial los que hacían sonidos de animales. Se reía a carcajadas cuando veía sacudir una bolsa de plástico y cuando le hacíamos cosquillas. Disfrutaba con su baño, acompañado de más de cien juguetes, y no quería salir. Se dormía contándole cuentos, y también con un carrusel de música y luces que le relajaba. Sus dibujos animados preferidos eran los Lunis, Pocoyó y Mickey.

El día que celebrábamos sus 6 meses, descubrió por primera vez el chocolate y devoró una piruleta de los Lunis, del tamaño de un puño, en dos escasos segundos. Celebrando su primer año, se arrancó con un repentino baile desenfrenado, al son de la música de un avión amarillo con pasajeros que le habíamos regalado. Siempre le encantó pintar, desde muy chiquitín, y los puzles, y los experimentos, y bañar a sus muñecos al sol, y bañarse en el mar y hacer castillos, y pasear por el campo… Los presentes, claro, nos derretíamos a cada paso que daba, con cada cosa que hacía, y con cada uno de sus tantísimos gestos de cariño, porque era tan mimoso…

Sus abuelos maternos lo cuidaron más de un año. Disfrutaba con las historias de su yaya, paseando por el pueblo, saliendo de excursión, y al volver, en lugar de hacer la siesta, descansaba “durmiendo al yayo”. Sus abuelos paternos también iban a buscarlo algunos días para pasar un rato juntos, y en verano se iban unas semanas a la playa. De aquellos días, todavía nos lanza aquel chascarrillo “a lo tuyo” que oyó de pequeño, aun menciona el Airolo y sus atracciones, y recuerda la amistad que tuvo con S durante tantos veranos.

Otra etapa fue la de su primer vehículo: una moto Moltó de puro plástico con la que corría por todas partes, con un equilibrio y un veloz aleteo sincrónico de piernas tan sorprendente, que pensabas que se iba a estampar en la siguiente esquina. Otra de sus pasiones eran los legos. Los montaba con el manual la primera vez, y no descansaba hasta que los veía terminados, pero después, los mezclaba y se inventaba sus célebres construcciones casas-nave-parque, donde reservaba una estancia para cada miembro de la familia. Así que el primer oficio que soñó fue el de “hacedor” de casas, incluso antes que el de basurero. Pero también disfrutó en el jardín con su miniexcavadora, regando y plantando flores, dando barrigazos con su amiga J en la piscina y corriendo con la bici por el pasaje, que parecía la rambla.

Cuando empezó la guardería, a parte de pasarse el camino de Molins a Barcelona repitiendo “mama, al cole no”, en el tren iba dibujando en una libretita con un pequeño estuche de colores que llevaba siempre. A los tres años, cuando comenzó preescolar, encontró a M y D, jugando a “superegües”, y también a otros peques de su edad, A, G, R, N, con quienes pronto empezó la etapa de parque cada viernes, que duró hasta los doce años. Con todos ellos continúa la amistad a dia de hoy.

Durante sus años de primaria, hizo todas las actividades extraescolares que se le pudieron ocurrir (gimnasia, judo, fútbol, tenis, Kumon…) pero las que consolidó, año tras año, fueron el dibujo y la pintura, el inglés, la natación y la música. Todavía recordamos el día en que quedó embrujado por una batería en una audición de la escuela, el combo que montaron con A y M, y su blues de la gota… Pero eso sí, las tardes de parque eran incomparables e insustituibles. Y los cumpleaños en los parques infantiles, en el cine o el teatro, en los cars… eran las experiencias más alucinantes.

No me olvido de las estancias de primos durante los veranos en casa de la yaya. Sólo me apena que mi padre no pudiera vivirlo, pues murió sin conocer a dos de sus tres nietos. El disfrute máximo de estar con la yaya más hippie, que te deja hacer de todo, sin horario ni obligaciones, no tenía precio. Los colchones tirados en el salón, las tardes de piscina, las peleillas, los juegos y pelis por las noches, las tortitas de la mañana…

G nació en Molins, y allí vivimos hasta sus diez años bien cumplidos (Records molinencs). Fue una etapa de infancia maravillosa junto a la montaña, pero se acercaba la adolescencia, teníamos gran parte de la vida en Barcelona, y decidimos volver. A esa edad, además de salir con sus compis, y comenzar el cau, que sigue hasta hoy, G empezó a sumar nuevos amigos e interesarse por otras cosas. Se inició en la fotografía, se sumergió en tutoriales para conseguir animar sus dibujos, le gustó el manga, y siguió creciendo su interés por el cine, que llegó a ser la segunda profesión soñada. En varios cursos de verano, durante toda su adolescencia, ha disfrutado haciendo cortometrajes en escac, y ha probado la interpretación, animado por su familia al ver sus cameos. Y bien, así llegamos a este último año, cuando volvió la música, eso sí, en formato digital. Ahora estudia producción musical, compone bases y graba temas con sus amigos. Y también va a por el carnet de conducir. Cómo pasa el tiempo…

Aunque, como casi todo adolescente, parece cansado, es despistado, y le cuesta concentrarse, cuando echamos la vista atrás, apreciamos sus capacidades, su mochila de experiencias, su motivación por crear, crear, crear, y esperamos que disfrute, que descubra su camino, y que se sienta de nuevo tan feliz como cuando era un niño.

De M para G

Autora: annacarrera.com

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